lunes, 4 de diciembre de 2017

LA CARICIA DE SU VOZ





LA CARICIA DE UNA VOZ.
Lo tengo dicho muchas veces. Yo, y un montón de autores, nos pusimos a escribir para comunicarnos. Porque de viva voz no se nos daba bien. Aunque con el tiempo hayamos aprendido también a hacerlo. 
Por eso cuando alguien lee para el público lo que nosotros hemos escrito sentimos una alegría sin igual. Hemos logrado reunir nuestra realidad y nuestro sueño en una misma cosa.
Hoy me comunica, precisamente, mi agente literario que la editorial Audiomol, una de las grandes del sector, ha decidido publicar mi libro Los mejores 101 momentos de amor...y de desamor en formato de voz. Para acompañamiento y disfrute de personas ocupadas, o conductores con la radio puesta o, simplemente, para todos aquellos que disfrutan de la caricia de una voz que les lleva a su interior todo aquello que escribimos nosotros un día, para nuestro oído interno o para que otros leyeran en ese reguero de hormigas que es la escritura.
Aunque no es la primera vez, ya la ONCE puso a disposición de sus afiliados mi novela EL DÍA QUE FUIMOS DIOSES, sí que lo es que una editorial de renombre juzgue oportuno ofrecer a sus oyentes un libro sobre el amor, en general y en particular, y sus momentos especiales e íntimos.
Y para mí, un disfrute doble, sin duda, porque ahora no solo podré recordar leyendo lo que un día escribí, sino que además podré comprobar cómo suenan todas aquellas palabras que también un día escuché in mi interior.
Y debajo de todo ello, un deseo: que estas palabras que tan bien recita el lector sirvan para acercarnos a entender y a disfrutar, y sobre todo a recordar, a vivir, todo lo que en la vida de todos significa este sentimiento que está en la base de la vida humana.


domingo, 3 de diciembre de 2017

AQUEL MÁGICO RESPLANDOR




      Cuando llegamos a las estribaciones de El Espinazo el sol estaba ya en caída libre. Pero mi tío me había dicho que esta vez no era necesario que subiéramos a lo alto de  su cumbre que, como su nombre indicaba, era como la columna vertebral, como el espinazo  que recorría lo más alto de la planicie, de la espalda  de  aquella montaña achatada.
     Yo ya había estado alguna vez con mi tío Ezequiel en El Espinazo cogiendo setas, que eran allí finas y de gusto exquisito, oreadas por aquella fría brisa que siempre recorría la alta planicie. Caía una fina lluvia, pero también hacía sol aquel día de otoño en que fuimos a coger setas por última vez.
    Mi tío se ponía contra el sol, se llevaba una mano a la frente, a modo de visera y exclamaba, señalando con el índice.
    - Germán, mira cómo brillan…¡ Allí!
     Entonces yo trataba de seguir la punta de su dedo y veía a las setas cómo emitían aquellos destellos entre la llovizna.
    - Memorízalas, Germán. Que cuando te acerques perderás el sitio donde están.
    Y luego nos acercábamos los dos. Cada uno con su bolsa  en la mano. Y con su navaja.
    - Nunca te agaches sin tener siempre a la vista las que hay a tu alrededor. O las perderás – me instruía.
     Entonces cortábamos todas y cada una de las setas que había en aquel corro, sin dejarnos ninguna. Hasta que mi tío repetía la jugada y localizaba otro. La verdad es que yo me ponía las botas cogiendo setas con mi tío Ezequiel. Luego las repartíamos por la mitad como  buenos hermanos y yo se las llevaba a mi madre para que me las hiciera con patatas.
     - Tío, tenemos que volver a coger setas este otoño -  le dije recordando aquel día.
     Él levantó la vista y recorrió la dura pendiente de subida a la montaña.
     - Sí, aunque el otoño queda todavía lejos, ¡me cago en el dios colorado!
     Vi como apartaba de un manotazo una sombra de tristeza, o de preocupación, que se le había instalado por momentos en la mirada. Y retomaba aquella excitación creciente que le había renacido aquella tarde desde que mencioné las piedras preciosas.
     - Es allí – me dijo - entre ese enebro y aquella encina.
     Empezaban a caer las  primera sombras y nosotros caminábamos absortos y en silencio, mirando al suelo, que estaba lleno de cantos y de piedras, de tomillos y de aliagas. Íbamos como los viejos buscadores de oro del Oeste, con la mirada febril llena de trascendencia y de codicia.
     De repente, mi tío se agachó.
      Luego se levantó y se puso contra el sol, contra sus últimos rayos mortecinos. Exactamente como hacía cuando buscábamos las setas.
     Pero ahora tenía como un pequeño canto en la mano. Y lo levantó hacia la luz.
     - ¡Ven, Germán, antes de que se haga de noche!   
    


     Me acerqué  y mi tío me extendió el canto.  Lo cogí con mis manos temblorosas, que nunca habían apresado ningún tesoro.
    Era como una mezcla de cristal y piedra, que tenía tonos rosados y verdosos. Yo no sabía qué pensar, preso de emociones sin cuento. Aunque brillar, brillar, aquello no brillaba mucho, la verdad.
      Mi tío me levantó la mano con una de las suyas.
      - Ponlo contra el sol, porque ya no hay aquí mucha luz.
     Levanté el canto y  al principio fue inclusive peor. Me mostraba una cara del mismo, llena de la tierra que lo había impregnado cuando estaba en el suelo. Además por ese lado era un canto normal.
      Pero mi tío me volvió a coger mi mano y la giró levemente. Entonces se produjo el milagro.
     El sol pasó por una arista del cristal de roca y sacó un destello que casi me cegó. Fue un instante nada más. Luego moví el canto pero ya no volví a coger aquel ángulo mágico.
     Por eso aquel momento fue tan especial. Por su brevedad y su magia irrepetible.
     Yo estaba anonadado.
     - Ha sido maravilloso, tío.
     Mi tío se fijaba más en mis ojos que en el cuarzo.
     Debían brillar también como nunca lo habían hecho.
     Y el sol, después de su hazaña, asimismo desapareció tras la montaña.
     Nos quedamos un momento en silencio dejando que las sombras nos cercaran todavía más.
      Hasta que mi tío se volvió a poner el escabuche al hombro.
      - Se nos ha hecho de noche. ¡Me cago en el dios colorado! ¡Ya verás tu madre, que ya me tiene enfilado!
      - No se preocupe por mi madre, tío. A mí me quiere mucho.
     - Sí, pero yo no soy su hijo, sino un tío de su marido. Si a algo hay que temer en este mundo, Germán,Y si ejercen de madres, ni te cuento.n tmo en el dios colorado! Ya vercwercaran rtodava verdad.odicia.
 es a las mujeres. Y si ejercen de madres, ni te cuento – remató antes de comenzar a andar hacia Sacecorbo a toda prisa.
     Sí, caminábamos a toda prisa para alcanzar la carretera. Como si con ella nos encontráramos ya a salvo.
    Mi tío ya no tenía tiempo ni para sus improperios. De repente, andaba, casi corría, a trompicones y a resultas de su pierna mala, como si hubiera sido pillado en falta en territorio furtivo y lejano y no pudiera descansar hasta que hubiera llegado dentro de las lindes de lo convencional, de lo cercano y doméstico que, en aquel momento, parecía estar delimitado por la carretera. La cual era como una línea trazada por un delineante con el pulso calmo, antes de entrar en las curvas y revueltas de la Moratilla.
     Yo iba tras él, observando su forma desgarbada de caminar, sus desbalanceos por la rigidez de su pierna mala, que le hacían bascular como el palo mayor de un barco en la tormenta.  
     En una vuelta del camino había un desnivel producido por el agua y el paso de las caballerías, que pisaban siempre en el mismo sitio con sus herraduras.  Yo vi como mi tío levantó la cabeza un momento antes de llegar allí, para ver cuánto nos faltaba para la raya de la carretera.  Entonces, cuando reparó en el desnivel, ya había entrado en él a contrapié. Dio como un pequeño traspiés y luego cayó como un fardo contra el suelo.
     Yo, que iba unos cuantos pasos detrás suyo, corrí hacia él. Se había quedado al final boca arriba en una estrafalaria postura con el escabuche al hombro.
     El hombre intentó rebullir, pero estaba como encastrado en el desnivel y, por un momento, me pareció como un escarabajo que no pudiera darse la vuelta y ponerse en pie.
     - Tío, déjeme que le ayude. Deme su mano.
    Mi tío  reaccionó por fin, suprimiendo estaciones e improperios intermedios.
    - ¡Me cago en todas las sotas, si es que no arreglan los caminos! ¡Yo solo me doy la vuelta en la cama! ¡Aguanta un poco Germán, que me levanto!
    Yo me echaba para atrás todo lo que podía, mientras mi tío tiraba de mi mano al apoyarse. Pero solo era una cuestión de confianza, no de fuerza. En cuanto mi tío notó que podía hacerlo se levantó sin problemas.
    Luego se sacudió el polvo del pantalón.
    - Germán, no digas a nadie que me he caído. Esto queda entre nosotros, ¿estamos?
   Yo, de repente, mientras él se echaba de nuevo el escabuche al hombro, sentí un cariño enorme por mi tío Ezequiel. Más que el que le tenía ya, que era mucho. Yo creo que muchísimo.
     - ¡Pierda cuidado, tío! Yo también me caigo  y nunca lo cuento en casa.

     Llegamos a la carretera. Era ya noche cerrada. Al fondo se veían las luces del pueblo lejanas y cercanas a un tiempo. Pero el camino había mejorado mucho, ahora tenía un suelo de tierra dura sobre el que era fácil y rápido caminar. Y mucho más descansado y seguro.
      En cuanto salimos al desvío del Sotillo, la vi. A mi madre, quiero decir. Estaba en el camino, ya pasada la ermita. La vi con la luz de la luna, porque allí no había bombilla alguna. Aunque yo creo que a mi madre yo la habría visto y reconocido en la más absoluta oscuridad.
      En cuanto ella nos vio corrió a nuestro encuentro. Yo me adelanté corriendo también o, tal vez, era que mi tío Ezequiel redujo su marcha al verla.
     Mi madre me abrazó.
     - Germán, Germán. ¡Estaba tan preocupada!
     Y me cubrió de besos.
     Mi tío Ezequiel había llegado ya a nuestra altura.
     - Se me ha pasado el tiempo sin darme cuenta. Ha sido solo culpa mía – le dijo a mi madre.
      Pero mi madre estaba muy nerviosa todavía.
      - ¡Usted no le llene la cabeza de pájaros a mi niño! ¡Que luego, a ver cómo acaba!
      Mi tío acusó el golpe.
      Podía haber bajado la cuesta de San Roque con nosotros. Pero tomó el desvío que llevaba a la calle Mayor y a la plaza.
     Y a su casa, que estaba un poco más allá.
     No le contestó a mi madre. Solo se despidió de mí.
     - Adiós, Germán.
    - Adiós, tío Ezequiel. ¡Lo he pasado bomba!
     Lo vi un momento caminar cuesta abajo con el escabuche al hombro. Por un momento me pareció que su estampa era más desgarbada. O, quizá, más triste. Quizá llena de la  soledad de la noche.
    Mi madre me preguntó.
     - ¿ Y qué habéis hecho tunantes?
    Y yo, cuando estaba con mi madre, me olvidaba de todo lo demás.

     Ya en casa, mi madre se tranquilizó un poco más. Pero seguía tomándola con el tío Ezequiel.
     - ¡Si es que no tiene cabeza! ¡Llevar a un niño tan pequeño a abrir tumbas de noche!
     Mi padre callaba hasta que se pasase el temporal.
    Pero yo me rebelaba. No estaba de acuerdo con mi madre por primera vez.
    - ¡No era de noche, que lo sepas! Ha sido mi culpa, que le he pedido que me enseñara las piedras preciosas del Espinazo. Y, luego, cuando se ha hecho de noche, el tío Ezequiel se ha apresurado a traerme. ¡Tanto que se ha caído en el camino! ¡Podía haberse descalabrado! – rematé.
     Mi madre se quedó callada un momento.
    - ¿Qué es eso de las piedras preciosas del Espinazo?
    Mi padre por fin se decidió a intervenir.
    - Es cristal de roca.  Son muy bonitas. Y hay que saberlas buscar.
    Mi madre permaneció callada unos instantes más.
    - Germán, ¿se ha hecho daño el tío? – dijo por fin.
    La cosa parecía que se reconducía.
    - Un poco, mamá. Aunque me ha dicho que no se lo contara a nadie. Estoy incumpliendo nuestro secreto. Espero que no se lo digáis jamás.
    Mi madre salió de la cocina en dirección a la despensa.
    Volvió al poco con unos huevos metidos en una bolsa.
    - Germán, vas a ir ahora mismo a ver al tío. Le das esto y le dices de mi parte que gracias por cuidarte tan bien. ¡Pero no te entretengas, que es muy tarde!


    Salí tremendamente contento de mi casa. Hacía una noche muy agradable . O eso me lo parecía a mí.  Y las luces de las calles alumbraban más que otros días.  Yo no tenía ningún miedo.
     Llegué a casa de mi tío Ezequiel.  Era una casa pequeña y modesta. De una sola planta.
     Tenía un pequeño corral, con un pozo en su centro. Y, dentro, solo tres piezas: la botica, la cocina, eso sí, grande, y su dormitorio.
     Entré hasta la cocina.
     Allí estaba mi tío. Se había quitado la venda de la pierna enferma y se disponía a ponerse una nueva que había recortado de una sábana vieja con sus grandes tijeras.
     - Hola tío. Si quiere puedo curarle la pierna -  le dije a modo de saludo.
     - ¿Tu madre sabe que estás aquí? – me contestó.
     Le respondí tan contento como pude.
    - Sí. Me ha dado esto para usted – y le extendí la bolsa con los huevos – Me ha dicho que muchas gracias por cuidarme tan bien. Que se  lo dijera.
     Mi tío extendió la mano. Pero antes de coger la bolsa me dijo.
     - No le habrás dicho que me he caído, ¿verdad?
     Sentí un pequeño nudo en el estómago.  Pero me repuse con naturalidad.
     - ¡Tío, es nuestro secreto! – y luego añadí a continuación - ¿Dónde tiene los polvos de talco?
      Mi tío cogió la bolsa.
      - Ahí, en ese armarito.
      Cuando terminé él se puso la nueva venda.
      - Germán, con las prisas, no te he dado tu piedra.
     Y fue a buscarla a la botica.
     Yo me puse más contento todavía.
     - Tío, tenemos que volver a la tumba.
     - Sí, Germán. Pero deja pasar un tiempo. Antes tengo que analizar el hueso, ¿recuerdas?
     - ¡Sí! Analícelo. Y luego nos vamos a pasar otra tarde como la de hoy.
      Mi tío iba a decir algo, pero se calló. Y luego se dio la vuelta, despidiéndose precipitadamente con la mano, diciendo adiós.
     - ¡Anda, vete a tu casa, que es tarde!
     Y yo salí mirando mi piedra  y poniéndola a la luz de las bombillas de las calles mudas.

      Aquella noche dormí con mi piedra en la mano, después de chinchar con ella a mi hermana Tere todo lo que pude. Había sido un día redondo.
     Aunque poco antes de dormirme o, quién sabe si justo después de hacerlo, algo me recordó que era la primera vez que había contado tan flagrantemente un secreto que acababa de jurar que nunca revelaría.  Que había mentido a sabiendas de forma tan clara.  Lo hice por cariño, por amor. Y había salido bien.
     Sí, había sido la primera vez. Con motivo de la caída de mi tío. Y no sería la última. Esos conceptos absolutos de verdad y de  mentira no tenían cabida en el mundo de los sentimientos,  en el que yo me estaba adentrando poco a poco.
      Como tampoco los conceptos de realidad y de ficción lo tenían en el mundo de la literatura que, también, durante aquella tarde yo había empezado a intuir entre los reflejos de aquel chispazo mágico en las estribaciones de El Espinazo, mirando mi piedra.

      Unos años más tarde murió el tío Ezequiel. Yo estaba ya estudiando en el internado de los Sagrados Corazones de Huesca, donde estaba de profesor un tío cura de mi padre. Hoy recuerdo que era un frío día de diciembre. Murió de noche, solo en su casa.
     Tampoco pudo ver el cambio democrático en España por el que suspiraba desde después de la guerra. Todavía tardaría algunos años en llegar.
     Sé que preguntó por mí unos días antes. Mis padres habían ido a verlo desde Madrid.
     - ¿Y el estudiante?
   
     Hoy escribo desde mi despacho, como siempre. Y pienso en lo poco que dejó cuando fueron a vender la casa: unos frascos con potingues, algunos libros y algunos bocetos de proyectos extraños.
     Pero yo tengo aquí, sobre mi mesa, aquella piedra. No me ha abandonado nunca. Ni me abandonará. Ni yo a ella.
    Y tengo todo lo demás que me dejó.  Estas páginas son solo una pequeña forma de pagarlo.
    Porque a medida que cumplo años a  la ficción y a la realidad  las separa solo una delgada frontera cada vez más confusa. Y cada vez le entiendo mejor. Al tío Ezequiel.

  -  ¡Me cago en el dios colorado!



DE LA NOVELA "MEMORIAS DEL SAUCE CURVO" 

lunes, 27 de noviembre de 2017

MI PRIMERA ESCUELA: APRENDIENDO A APRENDER




MI PRIMERA ESCUELA: APRENDIENDO A APRENDER.





Más o menos por aquella época empecé yo a ir a la escuela. En Sacecorbo al edificio de la escuela, siempre nos hemos referido en plural como “las escuelas”, por la escuela masculina y femenina que estaban adosadas la una a la otra en un solo inmueble
Probablemente el edificio de la escuelas era el más bonito de todo Sacecorbo. Ocupaba una gran parcela en el camino de la fuente, mirando a todos los huertos de la Pontecilla, con la imagen majestuosa del gran Picozo al frente, por donde serpenteaba, llena de curvas, la carretera comarcal que iba a Canales del Ducado y a Ocentejo.
Eran dos edificios de dos plantas, simétricos y adosados, que ocupaban el centro de la parcela. La parte de la izquierda era el edificio de las chicas, con un jardín a la entrada lleno de lirios, yerbabuena, palma rizada, rosales con rosas de varios colores y un murete de enredadera agarrado a la balaustrada de alambrada que rodeaba toda la parcela. Había también un patio cercado donde las chicas jugaban durante el recreo al cornito, la estornija, el balón prisionero, el rescatado o rescate, el pañuelo, la maya o la jerová (también llamado jeová) y otros juegos fundamentalmente femeninos.
La planta baja la ocupaba la vivienda de la maestra y en el segundo piso estaba la escuela propiamente dicha, con una gran aula donde había pupitres para unas treinta o cuarenta niñas, iluminada por unos espaciosos ventanales que daban sobre el Picozo. Al frente estaba el encerado, la mesa de la maestra y la estufa de leña, que era el único medio de calentar aquella enorme estancia. Completaban la planta algunas pequeñas dependencias anexas y la leñera.
El edificio de los chicos era exactamente igual, aunque en el patio dominaba el juego del fútbol, también el de “a la una andó la mula” que consistía en distintos tipos de saltos sobre compañeros agachados, el gua, el tango con su hita o chito donde se colocaba dinero o chapas y el “churlos” en el que había dos equipos, uno de ellos que formaba una especie de cadena, enlazados sus miembros al meter la cabeza cada uno en las piernas del siguiente y otro que saltaba precisamente sobre esa cadena y la cabalgaba con el objetivo de que todos sus miembros pudieran montarla, para lo cual los primeros saltadores debían hacerlo cuanto más lejos mejor.
Julián, el chico con el que había visto los fuegos fatuos y que vivía en mi misma calle, pasaba un día a la altura de mi casa y le pregunté.
- Oye, Julián, ¿a dónde vas con esa cartera?
- Pues voy a la escuela, ¿por qué no te vienes conmigo?
Y sin encomendarme a nadie me fui con él.
Cuando llegamos el maestro me preguntó.
- ¿Cuántas letras conoces?
- Ya sé leer - le dije – Y también cuento hasta trillones.
- Eso está muy bien Germán. A ver, lee esto – me dijo poniéndome una página del catecismo.
Me escuchó y luego continuó.
- Hoy te quedas con nosotros y luego le dices a tu padre que venga a hablar conmigo.
Y así entré en la escuela, de forma excepcional, porque todavía no tenía los seis años. A mí me habían enseñado a leer mis padres y mi hermana Tere las noches de invierno mientras estábamos alrededor de la lumbre, con el gato roncando a mi lado. Mi padre me ponía cifras de 18 números y yo las iba separando en grupos de tres en tres con un puntito y luego se las cantaba. La verdad es que todo aquello me gustaba mucho.
Y también admiraba un montón al maestro don Manuel, que estaba casado con doña Nati, que era la maestra de las chicas. La pena es que al año siguiente se fueron a otro pueblo.
De hecho, empecé a decir a todo el mundo que de mayor yo quería ser maestro. El maestro era entonces muy respetado, y estaba investido, o revestido, de una autoridad indiscutible.
- Aquí le traigo a mi hijo para que lo desasne – le decía a don Manuel, en la puerta de la escuela, el padre de Lucas, a quien llevaba medio arrastrándolo de una oreja.
A Lucas no le gustaba la escuela, sino estar matando pájaros con su tirachinas con el que tenía una puntería excepcional.
– Y si le tiene que sacudir, don Manuel, ya sabe usted, mano dura y tente tieso. Y a ti, Lucas, ya te lo he dicho, por cada torta del maestro yo te daré dos más cuando llegues a casa.
¡Eso era confianza absoluta en la enseñanza pública! Sí, señor. Entonces a los maestros no les pasaba lo que ahora, que se tienen que pelear, según me dicen, con los alumnos y, sobre todo, con sus padres.





De lo que yo no era, tal vez, consciente, era de lo poco que ganaban los maestros.
- ¡Ganas menos que un maestro de escuela! – se le decía a algún desgraciado cuando no podía estar más infrapagado.
Así que la escuela era un sitio de orden, de estudio y de escasos recursos, empezando por el sueldo del maestro. Allí todo se confiaba al método. Un método rotundo, un método casi militar: “La letra con la sangre entra”
¡Hombre, la sangre no llegaba normalmente al río! Pero sí a una serie de reguerillos y riachuelos afluentes y aledaños
A ver, para empezar estaban los capones, de los que había varios tipos. Los peores eran los del nudillo del dedo medio, salido para fuera, que casi te producían un abollón en el cuero cabelludo y tenías la necesidad de rascártelo durante varias horas luego.
El tiramiento, o estiramiento, de las patillas para arriba producía un dolor incisivo e hiriente, que se trataba de evitar poniendo el penado los pies de puntillas todo lo alto que podía.
Las orejas también eran otro destino frecuente del método. Estaba el simple tirón, que era casi como “un orejón” de cumpleaños para penas leves, merecedoras solo de simples toques cariñosos de atención. Y luego, el tirón con retorcimiento del apéndice auditivo, que el sufrido alumno trataba de mitigar levantando la cabeza para acompañar el giro de la oreja.
Aunque algunos maestros, con callo y colmillo retorcido, le retorcían al tiempo al chaval, valga nunca mejor que en este caso la redundancia, la otra oreja en sentido contrario, ante lo cual no había nada que hacer, sino aguantar a que se pasara el temporal. Eso sí, cuando el dolor cesaba, quedaba luego la afrenta y el señalamiento de unas orejas granates, a veces amoratadas, que permanecían así durante horas, al tiempo que se instalaba en ellas una comezón digna de los más intensos sabañones.
Luego estaban, cómo no, las tortas. Que podían ser de frente, tipo bofetada, simple o doble, es decir en uno o en ambos carrillos, para lo cual el mejor remedio era levantar el codo y cubrirse con él el flanco en cuestión. Había verdaderos artistas en esta técnica, que conseguían que no hubiera nunca un impacto nítido en la cara, hasta que el maestro se frustraba o se cansaba y desistía. Luego estaban también los impactos por detrás llamados coscorrones o collejas. Solía ocurrir como colofón a la bronca previa. Cuando el alumno se giraba y se iba para su sitio. Tras el regaño del profesor llegaba por detrás el coscorrón con alguna advertencia final.
- ¡Y no lo vuelvas a hacer más, atontado! ¡Que me tienes muy harto!
A veces era también el corolario final, precisamente, de las frustradas tortas laterales abortadas por la ágil guardia del alumno. El maestro amagaba.
-¡Anda, vete a tu sitio, que ya has tenido bastante por hoy!
Entonces, el héroe de los codos se relajaba y se daba la vuelta, sonriente y mirando a sus compañeros. Y, antes de que pudiera reaccionar, le caía un collejón por entre el cuello y la nuca que le hacía trastabillarse como un beodo camino de su asiento. Y toda su gloria anterior acababa en el pozo de los desengaños.
Y en un método de orden no debían faltar nunca las reglas. No solo las normas de cumplimiento, sino las reglas de verdad. Que eran de madera, a la vez consistente y flexible.
Los reglazos podían ser de dos tipos: sobre la palma de la mano abierta, que no dolían mucho, aunque sonaban y amedrentaban al resto de chicos un montón y los de mala leche, que se daban sobre las yemas de los dedos y las uñas, una vez que el maestro ordenaba recogerlos en cucurucho y ponerlos mirando para arriba. Eso dolía en cantidad, sobre todo a las chicas a las que gustaba dejarse las uñas largas.
Por último estaba el reglazo infame, aunque no infrecuente, que era sobre los nudillos, con las manos estiradas y las palmas boca abajo. Eso solo ocurría con los alumnos realmente chinches, o tras alguna noche en que su mujer le hubiera dado largas al maestro o hubiera tenido con ella una gresca considerable.
Las reglas eran el instrumento ortodoxo para los correctivos físicos en la escuela, así como en casa solían ser los correazos. Del cinturón del papá, claro. Las madres solían utilizar la zapatilla, con la que daban azotes en el culo del hijo rebelde. Lo malo es que las primeras llevaban aparejadas también los segundos, en el mismo lote, como bien le había aclarado al niño Lucas su padre.
Recuerdo ahora a un niño de mi edad que, encima, tenía nombre de chiste. A Jaimito aquel día el maestro le surtió de un buen número de reglazos en ambas manos. Cuando terminó la escuela, recogió sus cosas a todo correr. Como algunos días salíamos juntos le pregunté.
-Jaimito, a dónde vas tan corriendo, ¿no me esperas hoy?
- No, Germán. Hoy tengo que llegar pronto a casa.
Yo al principio no lo entendí. El por qué de tanta prisa, quiero decir. Si en su casa en cuanto le preguntaran que qué tal en la escuela y contara lo de los reglazos del maestro le iba a caer allí, además, lo suyo. Y eso es lo que le dije.
- ¿Por qué? No entiendo la prisa.
Él me contestó mientras se iba a toda pastilla.
- Quiero llegar antes de que esté mi padre. Mi madre me da más suave con la zapatilla que él con el cinturón.
Y desapareció escaleras abajo.

MEMORIAS DEL SAUCE CURVO: "Uno de los mejores libros sobre la familia y sobre la generación de los sesenta"